Sunday, October 30, 2016

GPA, otro fuera de serie argentino

El martes 11 de diciembre de 2012 publiqué una nota sobre el GPA, un fuera de serie argentino. Del cual solo se fabricaron unas muy pocas unidades. La nota completa en este enlace:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Nic, un spider argentino

Hace poco tiempo apareció un Nic en un campo de Argentina en total estado de abandono y si saber muy bien qué automóvil era. A diferencia del que conoceremos en la nota pintado de color rojo. Hasta ahora no sabemos si es el único que se fabricó o existieron más unidades producidas. Conozcamos un poco de la historia de este spider diseñado y producido en el país.

Nic del año 1966 diseñado por Juan Nicolás Casanovas y Mario H. Mariño.


El proyecto de este spider de carrocería de PRFV (Plástico Reforzado con Fibra de Vidrio) corrió por cuenta de la empresa Cartrini SA que se dedicaba a producir tapizados para la industria automotriz argentina. Los autores del Nic fueron Juan Nicolás Casanovas, arquitecto, director y propietario de la empresa mencionada, y Mario H. Mariño, diseñador industrial.

El desarrollo comenzó en el año 1963 y se paralizó al año siguiente por cuestiones económicas. Se reanudó en 1965 hasta finalizar el spider en el año 1966. La plataforma elegida para el prototipo fue el Valiant IV que se usaría como chasis para montar la carrocería de plástico.

El Nic el spider diseñado en Argentina en el año 1966. 

El motor y la caja de velocidades eran del Valiant IV GT. Los faros traseros eran del Valiant III. Pero la plataforma, o chasis, del Valiant IV tenía reformas. Para empezar la carrocería estaba unida por 16 puntos elásticos que evitaban las torsiones del chasis.

Por otro lado se acortó el chasis a un largo de 4.150 milímetros contra los 5.040 milímetros del Valiant de calle. También se modificó la distancia entre ejes, 2.390 milímetros contra 2.800 milímetros y el ancho era de 1.622 milímetros contra 1.773 milímetros. En cambio las trochas delantera y trasera se mantenían igual al auto de calle: 1.420 y 1.410 milímetros respectivamente.

Otro cambio en la mecánica fue dotar a la caja de dirección de una relación de 16:1 para hacerla más directa. El peso del Nic, en vacío, era de 850 kilogramos lo que significaba unos 500 kilogramos menos que el Valiant IV de calle.

Nic de dos plazas visto de perfil. 

El motor era el conocido Slant Six de 6 cilindros en línea de 3.687 centímetros cúbicos con una potencia de 180 HP SAE a 4.800 revoluciones por minuto. En un principio se pensó colocar el motor en posición trasera. Pero los cambios a la mecánica eran muy grandes para realizarlos. La diferencia con el automóvil de calle era un radiador de agua especial por la forma de la trompa.

Con todos los elementos necesarios para el armado del Nic se realizó un molde de yeso. Al cual se le dio la forma que luego se plasmaría en la carrocería de plástico. En el ínterin del desarrollo pasó por Argentina, Misha Black, que era el director del Royal College of Art de Gran Bretaña.

Vino al país a dictar un seminario en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y lo invitaron a que viera la maqueta del Nic. Los autores del proyecto recibieron palabras de elogios de Black y eso fue suficiente para seguir adelante con el proyecto del spider.

Vista de ¾ de perfil trasero derecho del Nic. 

El paragolpes delantero y trasero del Nic estaban integrados a la carrocería de plástico y unidos al chasis del Valiant IV. La trompa se modificó del diseño inicial para darle más modernidad al conjunto. Eso se plasmó luego del parate del año 1964.

Cuando ya tenían el prototipo en escala 1:1 hubo que darle un nombre y no se quiso caer en las siglas. Así que casi en forma natural se lo bautizó, al menos temporariamente, como Nic por ser apócope de Nicolás, el segundo nombre de Casanovas.

Una vez construido el modelo se lo probó por espacio de 6.000 kilómetros. Al parecer pasó las pruebas en especial el reparto de los pesos, la tenida y la maniobrabilidad. La velocidad máxima alcanzada, con neumáticos normales, era de 160 kilómetros por hora. Casi la misma del auto de calle.

El interior del Nic con sus dos butacas.

En cambio con neumáticos especiales para alta velocidad alcanzaba los 208 kilómetros por hora. Una velocidad más acorde con lo liviano del spider, por su carrocería de plástico, y por la potencia del motor del Valiant IV GT.

El tablero era muy completo con relojes circulares con velocímetro, tacómetro, indicadores de presión de aceite, nivel de combustible, indicador de temperatura y amperímetro. Todo tapizado en tela vinílica y acolchado para resistir la intemperie. En el piso las alfombras eran de color rojo y los tapizados de las puertas de vinilo, lo mismo que el tablero. Además había aplicaciones de madera.

Las dos butacas, que eran las únicas plazas del Nic, tenían un tapizado con franjas horizontales en su parte central. Además de contar con un apoyo lumbar y la parte delantera tenía un sostén móvil para los muslos. Estos soportes estaban separados de las butacas.

El tablero del Nic con todo su instrumental. 

Los faros delanteros estaban colocados en la línea de los guardabarros delanteros y fueron diseñados para ser carenados en un futuro. La cola era del tipo trunca que estaba de moda en aquellos años de la década del sesenta. Los cuatro faros circulares eran del Valiant III de calle. El paragolpes trasero tenía una muesca para llevar la patente.

Un dato interesante de conocer era que en 5 días se podía construir una réplica del Nic y era la intención producirlo como un fuera de serie. La duda que queda en el aire es si hubo una unidad más que el prototipo presentado en Argentina y luego en Punta del Este, en Uruguay.

Eso fue en la Exposición Bienal Internacional de Diseño y Artes Aplicadas que abrió sus puertas el 15 de enero hasta el 15 de febrero de 1967. Al Nic le otorgaron el Gran Premio de la muestra. Había llegado a Punta del Este por invitación del ente organizador.

Mario H. Mariños y Juan Nicolás Casanovas con el Nic.

Era la primera vez que un automóvil diseñado en Argentina recibía la invitación a participar de la muestra bienal. Encima se llevó el Gran Premio. Fue la segunda vez que la muestra de diseño otorgaba un premio a un automóvil, el primero había sido un Simca Abarth 1000 en Italia. A raíz de esto se invitó a los diseñadores a participar del Salón de Barcelona en España.

Pero ya no tengo forma de seguirle el derrotero al Nic. Hasta que hace tan solo unos días que reapareció tirado en un galpón en un campo de Argentina. Propiedad que estaba a un punto de ser rematada con todo lo que estaba dentro. De ahí rescataron ese Nic pintado de color rojo. Queda flotando la pregunta: ¿será el que se ganó el Gran Premio en Punta del Este?

Las fotografías que ilustran esta nota fueron tomadas de la revista Automundo número 88 del 10 de enero de 1967 y del número 91 del 31 de enero del mismo año (primera y última fotografía). En este segundo número se daba cuenta del galardón en Uruguay.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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Saturday, October 29, 2016

Vacaciones en el sur argentino

El domingo 1 de febrero de 2015 publiqué un relato de ficción de unas vacaciones en un parque nacional en el sur de Argentina. Como protagonista de la historia un Renault 12. Encuentran el relato en este enlace:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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La Preguntita del Domingo 192

Nuevamente un automóvil no tan antiguo nos servirá para jugar esta semana que acaba de iniciarse. La incógnita a resolver es la siguiente:


¿Qué marca llevó este automóvil?

Seguro que muchos seguidores conocen la marca, o creen conocerla y otros en cambio tendrán que investigar un poco para dar con la solución. Tienen tiempo de responder hasta las 20 horas del día viernes 4 de noviembre.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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Fin de semana

El plan era perfecto para ese fin de semana. Mi amigo Juan Martín me pidió que le trajera del sur su Mini. Con ese auto había participado en un rally en los lagos del sur. Esas carreras de regularidad que solo son para gente muy rica y poderosa. Mi amigo solo es rico.



Juan Martín corría con todos los gastos. Mi favor, porque me lo había pedido, era ir a buscar al Mini al estacionamiento del hotel donde había finalizado el rally. Recogerlo y llevarlo hasta la ciudad más próxima para que el domingo por la tarde lo subiera al camión plancha que lo traería de regreso.

Así que el plan era tomar un avión hasta el sur el sábado por la mañana y regresar el domingo por la tarde, luego de embarcar el Mini, de la misma forma. Con lo cual mi amigo me “regalaba” un fin de semana en los lagos del sur.

Acepté de inmediato. Esta época primaveral era buena para conocer un destino turístico lejano y desconocido para mí. Encima sin turistas dando vueltas por todos lados. Así que el plan me pareció perfecto. Claro en teoría, pero qué podía salir mal.

Cuando llegué con el avión un auto me estaba esperando en el aeropuerto para llevarme al hotel, que estaba ubicado en las afueras de la ciudad. Todo lo había arreglado mi amigo Juan Martín. Él no había podido embarcar el Mini porque en su empresa surgió un problema que necesitaba de su urgente presencia.

Ya era cerca del mediodía cuando llegué al hotel. Luego de presentarme en la conserjería y pedir las llaves del Mini me enteré que tenía un almuerzo a mi disposición. Por supuesto que me estaban esperando. Juan Martín lo tenía todo planeado. O casi todo.

Así que me quedé a almorzar en ese hotel donde un día de alojamiento equivalía a una semana de mi trabajo diario. Lejos, muy lejos, estaba en poder pagar semejante disparate. Ahora debo reconocer que el ventanal del restaurante del hotel con vista al lago valía lo que te cobraban.

No podía creer lo que estaba viviendo. Un almuerzo de lujo en un hotel de lujo al lado de un lago de ensueño. Por un momento pensé que me despertaría en algún momento, pero no fue así. Era la realidad en ese sábado de primavera en el sur del país. Y encima estaba casi solo comiendo, salvo esa pareja de suecos al otro lado del salón.

El resto era una calma chicha. Eso me lo confirmó el mozo un santiagueño que hace 20 años está trabajando en el hotel. “En esta época solo vienen algunos europeos, como esos suecos de allá”, me dijo Carlos, así se llamaba el mozo. Estaba algo lejos de su provincia natal.

Almorcé tranquilo dilatando lo máximo el disfrute de la comida, del paisaje y del hotel carísimo. Todo pagado por mi amigo en recompensa porque le recogiera su amado Mini con el que había corrido el rally.

El estacionamiento del hotel había sido el parque cerrado de ese rally. Además el lugar desde donde largaron y finalizaron la competencia de regularidad. Claro había sido uno de los auspiciantes del rally. Además de un montón de otras marcas de primer nivel. Casi me sentía en Montecarlo, sin mar a la vista, claro está.

Según Carlos a Juan Martín no le había ido nada mal en el rally llegando entre los 10 primeros, pero sin ocupar el primer puesto. Me imagino que mi amigo no estaría muy contento con el resultado. Le gustaba ganar siempre, desde chico. Lo sé porque lo conozco desde el jardín de infantes.

Terminado el almuerzo no me quedó más remedio que dejar el lujoso hotel y llevar el Mini hasta la ciudad. Ahí ya tenía otro alojamiento reservado por mi amigo, sin tanto lujo. Pero nada desdeñable por los datos que tenía. Faltaba un tiempo para eso.

Arranqué el Mini y me encaminé a la ruta de montaña que me llevaría a la ciudad luego de recorrer unos 10 kilómetros. Me dispuse a disfrutar del viaje por semejante paisaje sureño. Duró algo, al menos disfruté un poco.

En una curva me encontré con una morocha de rulos que agitaba los brazos al lado de la ruta. Tirado a un costado un Renault 12 de color azul. “Se me rompió un extremo de dirección”, me dijo la morocha al asomar su cabeza por la ventanilla del acompañante. ¡Qué perfume! Fue la primera sensación en mi cabeza.

La segunda que la mina sabía de mecánica. Me habló de extremo de dirección y no de una rotura en general. “Tengo que llegar a la ciudad. Viene mi abuela desde el norte”, me dijo la morocha de rulos. “Yo voy para allá”, le dije mientras le abría la puerta del auto de mi amigo. No creo que se pusiera contento si se enteraba que había llevado a una pasajera.

Pero en estos lugares apartados es común “hacer dedo” para que te alcancen hacia alguna parte. Además la morocha había tenido un problema mecánico y encima estaba sola. Pero no por eso parecía desvalida, su presencia decía todo lo contrario.

Marisa se llamaba la morocha de rulos, que se mecían al compás de su cabeza. “Justo hoy se tiene que romper el extremo de dirección”, protestó Marisa mientras se acomodaba en el Mini al lado mío. Cosas que pasan con los fierros viejos le dije, como para tranquilizarla un poco.

“¿La radio funciona?”, me preguntó Marisa. Le dije que creía que sí. Entonces me miró y me preguntó: “¿Cómo que crees?”. Le confesé que el auto no era mío sino de un amigo. “¡Ah, vino a correr el rally! Seguro que es un tipo de guita”, sentenció desde el asiento del acompañante.

Tenía toda la razón del mundo, para que negar ese pensamiento. Le conté cuál había sido el trato con Juan Martín para ese fin de semana en los lagos del sur. Mientras Marisa buscaba en el dial de la radio, que sí funcionaba, una emisora determinada.

En eso la voz de una locutora estaba pasando mensajes. Raro los mensajes me parecieron a mí que vengo de una gran ciudad. “Luisa avisa que la esperen en la ruta que llega esta tarde”, dijo la locutora por la radio. Y así siguió un buen rato con mensajes de ese tipo.

Que Fulano esperara a Mengano con las gallinas en la tranquera y otro tipo de mensajes que mi mente trataba de decodificar. “¿Qué son esos mensajes?”, le pregunté a Marisa sin sacar los ojos de la ruta de montaña. “Es la manera que tenemos de comunicarnos en el valle”, me dijo.

Entonces me contó que los celulares no servían para mucho cuando se dejaba la ciudad. Y era cierto había notado que desde que llegué a la zona no tenía la menor rayita de señal. Pensé para mis adentros que esta tecnología de avanzada podía dejarnos huérfanos en un recóndito lugar del planeta.

En eso una noticia por la radio nos paralizó a los dos. Más adelante en la ruta que nos llevaba a la ciudad se había producido un alud. La ruta estaba totalmente cortada y se estaba trabajando para despejarla. “¡Cagamos!”, dijo Marisa desde su asiento.

“¿Hay manera de llegar a la ciudad por otro lado?”, pregunté inocentemente. Marisa me dijo que sí pero que nos llevaría a un rodeo de unos 50 kilómetros y por una ruta de ripio. “¿Ripio?”, dije casi en un grito pensando en el Mini de mi amigo.

Marisa me dijo que el ripio no le haría nada al Mini. “¿No sabes que en Europa se cansaron de ganar rallys con estos autos?”, me dijo entre un tono burlón y desafiante. Lo sabía pero no con el auto de Juan Martín. Él pensaba en su oficina metropolitana que el Mini estaría circulando por una linda carpeta de asfalto.

“El problema que ese camino no solo es de ripio. Sino que es angosto y de cornisa”, me dijo Marisa y agregó: “¿alguna vez manejaste en un camino así?”. Mudo estaba y negué con la cabeza. Tenía la boca seca y mi lengua parecía de estopa.

“El tema es que si el alud sigue su marcha bloqueará este camino que está más abajo. Para cruzar la zona tenemos que apurarnos. De lo contrario quedaremos atrapados en este lugar hasta el domingo a la tarde”, sentenció Marisa que como lugareña sabía de estas cosas, mucho mejor que un citadino como yo.

“¿Qué hacemos?”, le pregunté mirándola a sus ojos de un verde profundo. “Dejame manejar a mí”, fue su respuesta. Por un momento una rara sensación me atravesó la mente. Pero enseguida comprendí que era la mejor solución. Yo manejaría muy despacio por ese camino peligroso y necesitábamos imperiosamente ganarle al alud.

Cambiamos de lugar y nos aprestamos a realizar un viaje complicado. “Tenemos que llegar antes que sea muy tarde a la estación de servicio del Paraje del Cóndor”, me dijo. La verdad no entendía nada. Me explicó que en esa estación de servicio estaba el único teléfono fijo de toda la zona. Lo necesitaba para avisarle a su abuela que llegaría más tarde a buscarla.

Marisa me contó que había nacido en el valle y que a los 12 años aprendió a manejar con el Fairlane de su padre. Así que llevar al Mini por ese camino sería sencillo. Eso me tranquilizó un poco. Pensando en el porte del Fairlane en un camino de ripio de montaña comparado con el Mini de Juan Martín.

A un kilómetro salimos a la izquierda por un camino lateral que nos llevaría a nuestro escape del alud. Unos metros de asfalto y el ripio comenzó a ser el rey del camino. Así lo sería por los próximos 50 kilómetros. Pero no sería lo único, más adelante nos encontraríamos con un camino sin mantenimiento desde hacía mucho tiempo.

“Hacía mucho que no venía por acá. Desde que hicieron la nueva ruta de asfalto no vengo. La verdad que está bastante poceado”, me dijo la ahora conductora del Mini. Ahí comencé a darme cuenta que Marisa era realmente una piloto destacable.

Solo había visto acciones similares en pilotos de rally. Por momentos la aguja del velocímetro del Mini pasaba los 80 kilómetros por hora y yo pensaba en Juan Martín. El Mini se bancaba estoicamente el mal trato. Rogaba en lo más íntimo de mí ser que nos llevara, al menos, hasta el Paraje del Cóndor.

Por momentos Marisa tenía que manejar en zigzag para esquivar los cráteres del camino de ripio. Porque la categoría de pozos la habían perdido hacía mucho tiempo. Seguía maravillándome el manejo de esta mujer nacida en la montaña.

En otras ocasiones teníamos que bajar la velocidad por el lamentable estado del camino. Cuando podía le metía pata superando los 80 kilómetros por hora y con picos de más de 90. Ya había decidido no mirar el velocímetro y poner mis ojos en el camino.

“Cuatro ojos ven más que dos”, eso decía mi abuelita. Y gracias a eso nos salvamos varias veces de volcar con el Mini. La peor parte fue cuando ya en la ladera de la montaña el camino de cornisa había perdido algunas partes.

Tanto que alguna rueda se quedó colgada del precipicio. Precipicio que estaba justo en mi ventanilla como espectáculo abismal. Un error de Marisa y calculo que serían unos 100 a 200 metros cuesta abajo. “Cuesta abajo en la rodada”, la letra del tango se hizo presente en mi cabeza.

Y se lo dije a Marisa que me sonrió sin sacar los ojos del ripio y me dijo: “espero que por la salud de ambos no se cumpla”. El temple de esa morocha de profundos ojos verdes era admirable. Por un momento me asaltó la idea de porqué no se había dedicado a correr en rally.

No era el momento de distraerla con estupideces. Era el momento de ayudar a llevarnos de una pieza al Paraje del Cóndor. En una de las vueltas a la ladera de la montaña vimos el desastre que había hecho el alud y cómo avanzaba hacía el camino de ripio por el cual íbamos a pasar.

Justo casi al final había un viejo puente de madera y el alud parecía decido a llevárselo por delante. “Tenemos que ganarle al alud”, casi gritó Marisa. Terminó de decir y hundió su pie derecho en el acelerador del Mini. El auto pegó un salto hacía adelante y salimos casi disparados por el camino de cornisa.

Ahora ya parecía una montaña rusa. Me agarraba de donde podía por los sacudones dentro del habitáculo. Yo rogaba que el Mini se bancara el mal trato y que Marisa lograra cruzar el puente.

Mientras el alud seguía su loca carrera hacía el puente de madera. Un error significaría no poder cruzar a tiempo. Era cuestión de segundos, no ya de minutos. Mientras tanto seguíamos la carrera a los tumbos con el Mini.

A la vuelta de la última curva apareció el puente de madera a unos 100 metros. Marisa apretó más el acelerador. No quise mirar el velocímetro. Solo miraba el alud que estaba a mi izquierda y seguía avanzando como queriéndonos devorar a su paso.

Ya las ruedas delanteras del Mini tocaron las viejas maderas del puente. Ya el alud de barro, árboles y demás cosas arrastradas a su paso llegaba al mismo lugar. Al mismo tiempo que nosotros.

No sé cuanto tiempo nos llevó cruzar los casi 50 metros del viejo puente. Me parecieron horas. Cuando las ruedas del Mini tocaron otra vez ripio el viejo puente sucumbía al paso del alud. Un crujido de madera sonó atronador detrás de nosotros.

Marisa no dejó de imprimirle velocidad al Mini para separarlo del alud y todo lo que arrastraba a su paso. Recién frenó casi a unos 100 metros del viejo puente que ya no estaba prestando sus servicios. Pasamos justo, más que justo.

Creo que 5 segundos más tarde y estaríamos siendo parte del alud que seguía cuesta abajo en la rodada. Al menos no nos tenía como invitados. Marisa me miró a los ojos y me dijo: “Gracias por confiar en mí. Esta vez nos salvamos”.

“Todavía nos falta llegar a la estación de servicio. Pero ahora el camino es más tranquilo aunque esté poceado”, dijo y reanudamos la marcha. Encendió la radio nuevamente para conocer las noticias y los mensajes del valle.

Una hora más tarde llegamos a la vieja y perdida estación de servicio del Paraje del Cóndor. Es una especie de lugar pintoresco a los que llegan los turistas. Claro que por la ruta asfaltada del otro lado y que justamente termina en ese lugar.

Ahí descubrí que también había una linda hostería donde comer y hasta pernoctar si era del gusto del turista. Mientras Marisa hablaba por teléfono a la Radio del Valle, así se llamaba la emisora, me dediqué a revisar al Mini. Parecía estar todo en orden pese al viaje accidentado que habíamos tenido hasta ese lugar.

“Ya pasé el mensaje para mi abuela. Y también le avisé a mi viejo que el 12 se rompió”, me dijo Marisa. Ahí me contó que el padre tenía la única grúa del valle porque tenía un taller mecánico. Le pregunté cómo sabría su abuela de la demora y Marisa me respondió: “alguien le avisará. Todos nos conocemos en el valle. Además todo el tiempo estamos escuchando la radio”.

Me quedé tranquilo luego del estrés pasado en el viaje. “Entonces te invito a merendar”, le dije. Aceptó con una gran sonrisa y me confesó que el manejo del Mini en la cornisa le había abierto el apetito. Era lo menos que podía hacer luego que nos trajera de una pieza, el Mini incluido, al Paraje del Cóndor.

Tomando el café con leche, con unas medialunas espectaculares, descubrí que Marisa era una mujer muy interesante y no solo era una hábil conductora. Cosa que le dije porqué no había intentado correr en el rally. Me contó que por una cuestión de falta de los recursos necesarios y porque ayudaba a su padre en el taller mecánico.

Luego de almorzar reanudamos el camino hacía la ciudad en búsqueda de su abuela. Nos encontramos con ella, otro personaje digo de conocer, y con su padre que la había ido a buscar. Casi que había conocido a toda la familia gracias al Mini de Juan Martín.

“Este es el Mini que quedó en el hotel”, dijo el padre de Marisa cuando nos vio llegar. Marisa se encargó de contar nuestra pequeña odisea y ahí descubrí otra cualidad de esta mujer: lo bien que narraba historias.

Los despedí y me dispuse a pasar con tranquilidad el tiempo que me quedaba para embarcar el Mini de Juan Martín. Mientras recorrí algo de la ciudad del valle para hacer un poco de tiempo. Antes que nada llevé a un lavadero al Mini para dejarlo en condiciones. El camino de ripio lo había puesto a la miseria.

Nada estaba mal. Lo comprobé cuando lo elevaron para lavarlo de abajo. “Anduvo en el ripio con el Mini, ¿no, don?”, me dijo el muchacho que lo estaba lavando. “Sí”, le dije lacónicamente. No le iba a contar la historia del Mini con Marisa. Seguro que no me creería una sola palabra…

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

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Friday, October 28, 2016

Scammell, camión volcador de Matchbox

El sábado 23 de abril de este año publiqué una nota sobre el camión volcador Scammell de la serie King Size de Matchbox, aquella de la escala 1:43. La nota la encuentran en este enlace:



Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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La Respuestita del Sábado 191

Alfa Romeo a la Michelotti


El diseñador del Alfa Romeo fue Giovanni Michelotti para la empresa OSI (Officine Stampaggi Industriali). El ganador de esta semana fue Willie Ferrari. Mis felicitaciones para él por el acierto.

Alfa Romeo OSI 2600 del año 1965.


El diseño de Giovanni Michelotti lo realizó para la empresa OSI y fue un prototipo presentado en el Salón de Ginebra del año 1965. Logró interesar a la empresa lombarda tanto como para que en el Salón de París, del mismo año, se lo presentó como Alfa Romeo OSI 2600. Así se lo comercializaría más tarde. La mecánica era la misma del Alfa Romeo 2600 común. La fotografía la tomé de la revista Automundo número 28 del 6 de octubre de 1965.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos

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